Diseñando para las emociones.

 

1267.jpgComo “nuevos diseñadores” se nos ha enseñado la importancia de que los objetos cumplan de la mejor manera una función y cubran necesidades de los usuarios, olvidando la parte que implica las emociones que puede provocar en cada uno.  Además de ser diseñadores a su vez somos usuarios, es por eso que sabemos bien que al adquirir un objeto no solo nos atrae la funcionalidad ,muchas veces nos dejamos llevar mas por lo que nos provocan que por las características del mismo.

 

El hombre es un animal que raramente alcanza el estado de completa satisfacción: si se logra un deseo, el estado de sa­tisfacción es temporal, ya que enseguida se desea algo más. Además, las necesidades humanas siguen una jerarquía, de manera que una vez cubiertas las necesidades de un nivel inferior se necesitan cubrir los niveles superiores.

 

En cuanto a las necesidades como consumidores de productos la jerarquía es la siguiente (Jordan, 2000):

Nivel 1. Funcionalidad.  El producto cumple con una finalidad o función, soluciona un problema.

Nivel 2. Usabilidad.  El producto es fácil, cómodo y se­guro de usar.

Nivel 3. Placer.  Cuando un producto ya es fácil de usar, la siguiente necesidad del consumidor o usuario es que el producto le proporcione algo más, no sólo beneficios fun­cionales sino también emocionales.

 

Los productos deben satisfacer estas tres necesidades y nece­sariamente en este orden. Es decir, un producto que no es fun­cional, difícilmente será fácil de usar; un producto que es difícil e incómodo de usar difícilmente gustará al usuario.

 

 

En el mercado actual, el consumidor no valora únicamente la funcionalidad, usabilidad, seguridad y adecuado precio de los productos, sino también las emociones y los sentimientos que le proporcionan. Ante dos productos equivalentes en precio y fun­cionalidad, la decisión final de compra del consumidor es hacia aquel que le proporciona un mayor ‘feeling’ o que mejor refle­ja un determinado estilo de vida. En consecuencia, y ante un mercado cada vez más competitivo, un buen producto debería satisfacer todas las expectativas del consumidor, pero especial­mente la de provocar una repuesta emocional positiva. Efecti­vamente, el diseño actual de productos se mueve hacia la inte­gración de los valores emocionales en los mismos  pues la mayoría de los productos diseñados incorporan ya características ergonómicas que facilitan su uso.

 Por lo tanto es importante investigar las diferencias emocionales en función de los variados tipos de “usuarios” (profe­sionales, aficionados, etc.) a los que van destinados los productos dependiendo de su nivel y tipo de experiencia con ellos.

 

 

 

 

 


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